Capítulo 3





Fruncí el ceño.

-Es el hijo de unos amigos míos, ellos viajan mucho por el trabajo así que él se queda con nosotros. Voy a por unos helados mientras tú hablas con Zayn. -Dijo señalando un puesto de comida. -¿De qué lo quieres?
-Fresa, por favor. -Ella me sonrió y se fue.

No entendía por qué tenía que llamarle. Aún así lo hice. Quería saber un poco más de mi nuevo hermano.

-¿Sí? -Contestó.
-Hola, soy Charlotte.
-Oh, hola. Yo soy tu nuevo hermano. -Rió.
-Pues encantada.
-Igualmente. ¿Cuándo venís a Londres?
-Hmm... Realmente no lo sé, no hemos hablado de eso.
-Ya veo. Pues espero que sepas que estoy deseando verte. Siempre quise una hermana pequeña y por fin la tengo.
-¿Cuántos años tienes, por cierto? -Pregunté curiosa.
-Veinte. ¿Y tú dieciséis, verdad?
-Sí.
-Bueno, siento dejarte pero debo seguir estudiando, tengo muchos exámenes. Además, esa es la razón por la que no vine con mamá a Nueva York, de verdad quería ir y verte, pero no he podido.
-Está bien, ya me verás, ahora a estudiar.
-¿Le podrías decir a mi madre que me avise cuando lleguéis a Londres?
-Claro.
-Os recogeré en el aeropuerto. Un placer hablar contigo. Adiós.
-Adiós.

Colgué. Poco después apareció mi madre con los helados. Cogí mi helado y le devolví el móvil mientras ella empezaba a comer el suyo, de vainilla, creo.
Estuvimos hablando sobre el tema de mudarme con ella. No me parecía una mala idea, aquí no había nada que me retuviera. Aunque me asustaba el de hecho de que al resto de su familia no le pareciera bien. Tricia me animaba a aceptar la oferta, y vivir con ella, prometiéndome que todo irá bien.
Suponía un nuevo comienzo para mi, quizás uno feliz. A lo mejor conseguía hacer alguna amistad. Encontrar algún chico. Era una gran oportunidad, hasta un poco irreal, pero a decir verdad, miedo era todo lo que no tenía. Quería demostrar al mundo, o mejor dicho, a mi misma, de que podía ser feliz, que podía hacer cosas propias de mi edad y dejar atrás esa burbuja en la que siempre viví. Finalmente, acepté.

*   *   *

Me puse mi vestido negro, el pelo en una coleta y salí de la habitación. En el salón, Paul y Farrah ya estaban listos, también vestidos de negro. Al verme, los dos me dieron un caluroso abrazo. Normalmente, no me gustaba que me abrazaran, pero ahora no me importaba, es más, lo necesitaba.
Entramos en el coche. Nadie decía nada. Sólo se oía el ruido de la emisora de radio anunciando las noticias del día. No tardamos mucho en llegar a un lujoso hotel. Paul bajó del coche. Al poco rato volvió y mi madre vino con él. 
Seguimos el camino hasta el cementerio. Estacionamos el coche y salimos. Hacía un día soleado. Me parecía irónico, para mi no era nada soleado. Mi día era uno nublado, con nubes grises, casi negras. Sentí cómo las lágrimas querían salir de mis ojos, pero las detuve.
Asistimos a la ceremonia. Yo me mantenía siempre al lado de mi madre, Paul y Farrah. Acudieron varios de los compañeros de mi padre que yo conocía, y otros a los que no. Todos me daban el pésame, yo asentía cordialmente intentando contener mis lágrimas una vez más.
Mientras le enterraban, exploté. Ahí estaba, la sensación de calor que desprendían las saladas lágrimas por mi cara. Tapé mi cara con mis dos manos. Sentí cómo mi madre me acariciaba lentamente mi espalda. La miré y vi que ella también lloraba. 
Cuando acabaron de enterrarle, nos acercamos a la lápida. 

"Al final, lo que importa no son los años de vida, sino la vida de los años."

Era una de sus frases favoritas, de Abraham Lincoln. Me acuerdo que a mi me lo repetía todas las veces posibles. Y yo nunca aprendía. Mis primeros dieciséis años habían pasado, pero no los viví.
Las lágrimas no se cansaban de bajar y bajar por mis mejillas. Yo sólo quería salir corriendo de allí. Dejamos unos cuantos ramos de flores yacer sobre su tumba y poco a poco todos se fueron yendo.


*   *   *


Una semana después, estaba en el aeropuerto. Todo iba vertiginosamente rápido. Tricia consiguió mi tutela, por lo tanto ya podía viajar con ella a Londres. Antes de irnos, pasé por casa una vez más para despedirme. Aún puedo sentir la soledad y tristeza que sentí al pisar ese lugar. Apenas cogí algo de ropa, Tricia me dijo que allí me compraría ropa nueva. Compras con mi madre. Sonaba bien.
Paul y Farrah vinieron a despedirnos. Les agradecí que me dejaran quedarme en su casa y en toda la ayuda que me habían prestado con todo el tema de mi madre y la muerte de mi padre. Prometí llamarles y ellos se pusieron muy contentos. 
Nos esperaba unas ocho horas de viaje en las que mi madre me estuvo preguntando toda clase de cosas. Desde mis gustos alimentarios, con los que yo era muy peculiar y especial, hasta preguntas un tanto íntimas. También me preguntó por mis amistades. Puso la misma cara de preocupación que mi padre ponía. Yo simplemente me encogí de hombros. ¿Qué le iba a decir? Ella intentaba buscar las causas de por qué no tenía amigos, pero en realidad, la causa era yo, yo era el problema.
Entonces me acordé de Cédric. Mierda. El día que pasó lo de mi padre, me llamó y al siguiente, y al siguiente. Yo no tenía ni ganas ni fuerzas para contestarle. Así que ahí acababa mi aventura amorosa.
Me contó que ella y su marido Yaser, que por cierto, era musulmán, eran los dos empresarios y que a los dos les gustaban pasar tiempo en familia. Cada domingo hacían una barbacoa en casa y se juntaba toda la familia. Eso me asustó un poco. Nunca me había visto envuelta en esa situación. 
Después me habló de Zayn. Me dijo que siempre había sido un poco rebelde y muy orgulloso. En el colegio siempre se metía en problemas. Pero con el tiempo se fue tranquilizando y ahora era un chico serio y maduro. Estaba acabando su segundo año de Universidad. Quería sacarse la licenciatura en inglés para ser profesor. También me habló de su novia, Perrie. Según mi madre, era adorable. Era rubia, tenía ojos azules y quería ser bailarina profesional.
Y finalmente me habló de Harry, aquel misterioso chico con el que hablé la primera vez. Me comentó que a diferencia de Zayn, Harry era más espontáneo, más desenfrenado y extrovertido. Siempre hacía bromas y siempre estaba con una sonrisa en la cara. Ojalá yo pudiera ser así. Él había acabado su primer año en la Universidad, por lo tanto, era un año menor que mi hermano, y estaba estudiando derecho. Como papá. El recuerdo vino a mi, pero intenté desecharlo en un intento de contener mis lágrimas.
Cada vez, tenía más ganas de llegar y conocer a todos. Sólo esperaba que todo fuera bien. Ese fue mi último pensamiento antes de quedarme dormida.


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